Las palabras no significan nada, no son importantes, lo que marca son tus actos, y la coherencia de estos con tus palabras. Cuando aquella gente llegó al pueblo, nada hacía sospechar que tras su rimbombante apellido y sus exquisitas y acarameladas maneras de adorables vecinos, se escondieran vampiros de guante blanco.
Depredadores de sentimientos que acosaban sin piedad a sus víctimas, extorsionándoles cuando no cumplían sus objetivos por el simple hecho de divertirse y llenar sus aburridas vidas con algo. Ansiosos de romper los sueños ajenos al no haber cumplido los suyos.
Eran personajes de esos que creen que tienen derecho a sacar ventaja de todo, gente de doble cara que infectaba lo cotidiano de estupidez global, levantando falsos testimonios y contaminando la realidad. La inteligencia había fracasado y progresaba sólo la estupidez en sus cabezas.
Pero por mucho que se empeñara Dª. Isabel en contar sin motivo, a la menor ocasión, que su primogénita se casaría al año siguiente o al otro (incluso dando detalles del enlace), o en cotorrear del buen trabajo y lo estupenda chica que era, nadie se lo creía aparte de ella y sus circunstancias.Sólo había que observar a esa chiquilla, para detectar en su cara que la simple presencia de un hombre la transformaba en una loba desbocada que corría desparramando sus 127 kilos y 23 gramos en busca de presa.
Todo había comenzado cuando la criatura, al cumplir 39 añitos se había dado cuenta, de que las palabras sólo eran eso, y a premisas falsas, conclusiones estúpidas. Con lo del príncipe azul y demás pamplinas, había tirado su adolescencia y juventud soñando entre posters de ídolos y melodías de amados imaginarios, esperando el ansiado momento que nunca llegaba de convertirse en princesa de cuento, para colmo todas las demás tenían hacía ya bastante tiempo novio o marido, excepto el grupo de "amigas" que ella presidía.
Calló en la cuenta de que aparte de descarada, no era simpática y tampoco culta y que hablar de su inteligencia era en vano, por mucho que se empeñara su madre. Así, aquél día comprendió que la vida la había estafado y que sus sueños nunca se harían realidad. Se acercaban amenazadores los 40 y jamás vendría ningún príncipe azul ni de ningún otro color a buscarla montado ni tan siquiera en borrico.
Las lágrimas silenciosas se escurrieron veloces por sus mejillas, pensando en ella y en lo mucho que se amaba. Lloró enrrabietada y desconsolada, durante días, encerrada con la sola compañía de las barritas dietéticas y los clinex, ante el sufrimiento y la impotencia de sus progenitores que sólo querían su "felicidad" a cualquier precio. Se compadeció mil y pico veces de sí misma, e incluso pensó en quitarse la vida, no sin antes matar a toda su familia.
Odiaba a sus padres por haberla engañado, a la humanidad por estar en su contra, a la madre naturaleza por haber sido tan poco generosa con ella. Incluso hasta se odiaba a sí misma por ser tan borde.
Odiaba a sus padres por haberla engañado, a la humanidad por estar en su contra, a la madre naturaleza por haber sido tan poco generosa con ella. Incluso hasta se odiaba a sí misma por ser tan borde.
Decidió que debía dar un giro radical a su vida y soltarse la melena, dado que Mahoma no aparecía. Pensó con cierto menosprecio en hacerse acosadora para llenar su vacío y todos los hombres (que eran iguales), caerían entre sus piernas sin remedio.
Comunicó la decisión a su gente, que optó en apoyarla e incluso ayudarla, viendo ciertas perspectivas de quitársela de encima y cómo única salida posible.
Y así sin más, ese día se hicieron todos ellos depredadores, bombas de relojería de meter cizaña, pero sobre todo de meter a Isabelita como fuera por cualquier parte. Dado que el mundo estaba en su contra, tenían ciertos derechos y lo importante era la felicidad de la niña, que tras ensayar unos cuantos gestos eróticos en el espejo hasta convencerse de que era irresistible, salió arrebatada a la calle a cumplir su "plan" para recuperar la confianza en sí misma.
Su primera víctima fue el frutero, se puso delante de él y diciéndole un ensayado y profundo "HOOOOOLA",empezó a insinuarse, el pobre muchacho la miró asustado y salio zumbando hacía la tienda y ya nunca fue el mismo. No contenta con eso, acosó al basurero. Luego corrió tras el cartero, gritando histérica que necesitaba un acuse de recibo urgente o al menos un certificado. El hombre que la miraba atónito, huía sin comprender absolutamente nada. Y así siguió y siguió, hasta probar con todos los del pueblo.
Sólo había que ver a ese diablillo, a su madre y a algunos como corrían. Incluso había veces que caían pepinos, nabos y zanahorias de las terrazas al retumbe de su caminar. Y hasta las vecinas la obsequiaban con vibradores y otros pequeños detalles que...
Por mucho que dijera aquella gente, todo el pueblo sabía lo que eran.


Más y mejores cuentos en...http://www.elcuentacuentos.com/


































