
Siempre se me había antojado la sensación de sentirme como un príncipe en los aposentos reales de un Castillo, así que decidí cumplir mi sueño desde la infancia y buscar un alojamiento con éste tipo de encanto y por una noche poder vivir en un ambiente y una atmósfera única entre sus muros de piedra.
Elegí ésta ciudad, porque a pesar de que ya la conocía, se necesitan varios días para verla, aunque en uno sólo el viajero puede empaparse de su belleza y recrearse de su espíritu medieval o el laberinto de calles, plazas y pasadizos bajo el poderío del Fortín.

En un caluroso domingo de Agosto en que parecía que nada podía estropear el bonito amanecer y tras visitar la ciudad, lo mas apetecible era un recorrido por la fortaleza.
Todo el conjunto arquitectónico es digno de ser visitado. Desde las almenas se divisa el panorama completo de la ciudad. Una puerta en la muralla introduce en el patio de armas, provisto en su centro de un hondo pozo suministrador de agua, imprescindible para resistir largos asedios y en los interiores destaca el impresionante Salón del Trono o el Salón Rojo, en el que impartían justicia los obispos.
Hay que destacar que dispone de una antigua capilla y una celda donde algunos dicen que vivió, hasta el momento de su destierro, Doña Blanca de Borbón, esposa repudiada por Pedro I el Cruel, aunque otros aseguran que fue en una de las torres donde permaneció en calidad de prisionera por impago de 25.000 florines.
Tras una abundante cena de huevos con migas, uvas y picatostes me retiré a mi dormitorio. Me cuestionaba si había merecido la pena pagar tanto dinero por dormir en la impresionante y lujosa habitación con camastro de dosel de tres metros por tres metros que decían albergó el destino de tan ilustre Dama.
Mientras contemplaba desde el pequeño ventanuco de la torre que aún lleva su nombre la ciudad a mis pies, empecé a sentirme inquieto y con una sensación de soledad mística y me tumbé en la cama imaginando misterios medievales y leyendas lúgubres con el cuerpo lógicamente cansado por el viaje, cuando me debí de quedar dormido.
Siempre fui escéptico a las apariciones y sin ninguna inquietud por éstos temas.
Pero poco antes del amanecer, me desperté sobresaltado y empapado en sudor, en un principio achacado a los excesos de la cena y a una mala digestión. Estaba mirando el reloj, confuso y mareado cuando escuché un ruido, algo como un susurro incomprensible procedente del pasillo y mezclado con música suave de órgano.
No soy hombre de dudas, pero si de curiosidad y en ese momento me he encontrado ante el dilema de mirar o no mirar. Finalmente el instinto ha hecho que me asomara tras esa puerta, para ver que pasaba con cierta ansiedad e impaciencia.
Las luces estaban apagadas en la larga galería, sólo iluminada por las tenues luces nocturnas de emergencia que la mostraba algo lúgubre. Me parecía escuchar ese sonido al fondo, como si alguien me llamara o quisiera atraerme hacia algún sitio en una segunda dimensión con una frase no demasiado perceptible.
Sentía una especie de escalofrío, pero como nunca he creído en seres inanimados, nada podían hacerme. Me intrigaba enormemente saber qué o quién provocaba aquél ruido y decidí echarle huevos y ver que era.
Avanzaba silencioso por la penumbra, mientras pensaba que no habría en aquello nada de extraño ni sobrenatural. Bajé lentamente por las escaleras que llevaban al primer piso y caminé unos pasos.

Quise tranquilizarme y serenar mi espíritu asustado, pero su presencia entre las sombras mirándome, hizo que mi corazón se acelerara con descontrol.
De repente escuché la voz de aquél espectro. Una voz apagada y tenebrosa que pregunto seseando "¿deseas morir?" y luego soltó una especie de carcajada infantil.
Me llevé la mano a la boca hasta ahogar el grito sin alcanzar a responder. Tenía tanto miedo que salí corriendo, corrí aterrorizado por los pasillos infinitos entre tapices y armaduras, mientras aquellas palabras seguían dando vueltas en mi cabeza angustiada.
Podía sentir su respiración como un viento helado en el cuello mientras corría pero me paraba y allí no había nadie.
Respiré hondo cuando por fin conseguí llegar a mi habitación con los nervios a flor de piel, la sensibilidad crispada y la capacidad de alerta al máximo por la carga emocionál.
Una vez dentro grité acojonado como nunca, empujando con todas mis fuerzas contra la puerta intentando sujetar no sabía muy bien qué, en una lucha interna entre el pensamiento lógico y el intuitivo. Luego continué resoplando mientras lloriqueaba "Nunca debería de haber..."
Me senté con el fin de serenar mi cuerpo frenético y agitado, tratando de pensar en otra cosa cómo que todo era falso o que quizá aquello sólo era un espíritu bueno y juguetón, aunque diera tanto miedo.
De nuevo la carcajada sonó desesperada e incómoda y allí apareció donde antes no había nada, donde yo sabía que no tenía que haberlo, clavándome sus ojos y preguntando otra vez "¡¿quieres morir?!". Se acercaba hacía mí entre dejando ver un frío destello de acero.
La miré atónito y sin poder articular palabra, en esos momentos angustiosos me desmayé, lo último que recuerdo es su vaho en mi cara y la música ensordecedora retumbando en mi cabeza.
Ahora me acabo de despertar con muchos interrogantes y atormentado por esa pesadilla.

Con la mano aún temblorosa intento escribir éstas líneas, me gustaría describiros lo que ven mis ojos en éstos momentos, pero siento no poder hacerlo por ser tan inexplicable como incoherente. Prefiero no decir nada, el secreto es demasiado espeluznante y debe de morir conmigo. Con una muerte ya es suficiente, creerme es mejor así.
Solo una cosa... ¡Tener mucho cuidado con los alojamientos con encanto a los que vais y lo que guardan sus venerables muros!.
